Estamos en las etapas tempranas de una era marcada por grandes cambios tecnológicos. Las innovaciones digitales están reconfigurando nuestras industrias, economías y sociedades de la misma manera como el vapor, la electricidad y la combustión interna lo hicieran antes que ellas. Al igual que sus predecesores, los computadores y sus parientes son grandes motores de prosperidad. El progreso del hardware, del software y de las redes ha creado inmenso valor y mejorado nuestras vidas de incontables maneras.

 

Sólo por citar algunos ejemplos, los avances en inteligencia artificial están ayudando a los doctores a diagnosticar enfermedades, los nuevos sensores están haciendo posible que la conducción de los automóviles sea más segura, la digitalización está distribuyendo el conocimiento y el entretenimiento de manera más amplia que nunca, y las redes móviles han interconectado por vez primera a toda la población mundial. La revolución digital es la mejor noticia económica del planeta.

 

Pero la evidencia indica claramente que este progreso ha venido acompañado por algunos desafíos espinosos. La mayor parte de los hogares en los Estados Unidos han visto escaso o nulo crecimiento de su ingreso en más de 20 años, el porcentaje del ingreso nacional que es pagado en salarios ha declinado de manera aguda desde el año 2000 y la clase media norteamericana, que es una de las mejores creaciones de nuestro país, está siendo fuertemente achicada.

 

La tercerización y la deslocalización han contribuido a estos fenómenos, pero debemos tener en cuenta que la reciente ola de globalización es en sí misma dependiente de los avances en las tecnologías de información y comunicación. Los hechos fundamentales son que estamos viviendo en un mundo cada vez más digital e interconectado, y que los beneficios de este auge tecnológico han sido distribuidos muy desigualmente.

 

Auges anteriores trajeron con ellos tanto un incremento significativo en la demanda laboral como un crecimiento sostenido del número de empleos y el monto de los salarios. Pero la evidencia está haciendo que las personas se pregunten si en esta ocasión las cosas van a ser diferentes. O, parafraseando muchos recientes titulares: ¿los robots van a comerse nuestros trabajos?

 

Nosotros consideramos que esa pregunta es errónea, dado que asume que somos impotentes para alterar o darle forma a los efectos del cambio tecnológico en el empleo.

 

Rechazamos esta idea.

 

En vez de ello, consideramos que es mucho lo que podemos hacer para mejorar las perspectivas para todos. Para esto proponemos un esfuerzo tripartito.

 

Primero, recomendamos un paquete de cambios en política pública[1], en las áreas de educación, infraestructura, emprendimiento, comercio, inmigración e investigación. Existe un consenso generalizado de que estos cambios podrían mejorar rápidamente la economía de Estados Unidos y el bienestar de su fuerza laboral.

 

Es también momento de iniciar una conversación acerca de los cambios profundos que serán necesarios en el largo plazo —a nuestro sistema tributario y de transferencia, al monto y naturaleza de nuestra inversión pública e, inclusive, a cómo la democracia podría y debería funcionar en un mundo interconectado.

 

Segundo, hacemos un llamado a los líderes empresariales para que desarrollen modelos organizacionales y abordajes novedosos que no solo incrementen la productividad y generen riqueza sino que además creen oportunidades de desarrollo para una base amplia de la población. El objetivo debe ser la prosperidad inclusiva.

 

La corporación es, en sí misma, una poderosa innovación: una que puede hacer mucho más que generar ingresos y proveer un retorno competitivo a aquellos que suministran capital y asumen riesgos. Es un instrumento para convertir ideas en productos y servicios que solucionen los retos de la sociedad y, al mismo tiempo, el medio por el cual muchas personas perciben su sustento. A la par de las actuales olas de innovación tecnológica, se nos presenta la oportunidad de reinventar la corporación y nuestra manera de hacer negocios.

 

Tercero, reconocemos que no sabemos todas las respuestas. Así que solicitamos que se realice más y mejor investigación en las implicaciones económicas y sociales de la revolución digital[2] y que se redoblen los esfuerzos para desarrollar soluciones de largo plazo que vayan más allá de nuestra comprensión actual.

 

En resumen, consideramos que la revolución digital está suministrando unas herramientas inéditas para impulsar el crecimiento y la productividad, la creación de riqueza y el mejoramiento del mundo. Pero sólo lograremos crear una sociedad de prosperidad compartida si primero actualizamos nuestras políticas, organizaciones e investigaciones para capturar las oportunidades y atender los desafíos que estas mismas herramientas nos presentan.

 

Únanse a nuestra causa.[3]

 

 

Erik Brynjolfsson, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Andy McAfee, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Steve Jurvetson, de Draper Fisher Jurvetson.

Tim O’Reilly, de O’Reilly Media.

James Manyika, de McKinsey & Company.

Laura Tyson, de la Universidad de Berkeley – Escuela de Negocios Haas.

Marc Benioff, de Salesforce.

Carl Bass, de Autodesk.

Joe Schoendorf, de Accel Partners.

Tim Bresnahan, de la Universidad de Stanford.

Vinod Khosla, de Khosla Ventures.

Jeremy Howard, de Enlitic.

Michael Spence, de la Universidad de Nueva York (Premio Nobel de Economía 2001).

Robert Shiller, de la Universidad de Yale (Premio Nobel de Economía 2013).

Oliver E. Williamson, de la Universidad de Berkeley (Premio Nobel de Economía 2009).

Eric Maskin, de la Universidad de Harvard (Premio Nobel de Economía 2007).

Robert Solow, del Instituto de Tecnología de Massachusetts (Premio Nobel de Economía 1987).

Joshua Gans, de la Universidad de Toronto.

Tom Davenport, del Babson College.

Karim Lakhani, de la escuela de negocios de Harvard.

Sinan Aral, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Fiona Murray, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Sonny Tambe, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Frank Levy, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Irving Wladawsky-Berger, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Shane Greenstein, de la Universidad Northwestern.

Peter Weill, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

George Westerman, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Don Sull, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

James Bessen, de la Universidad de Boston.

John Zysman, de la Universidad de Berkeley, BRIE.

Philip Auerswald, de la Universidad George Mason.

Aneesh Chopra, de Hunch Analytics.

Eric Kim, retirado, fideicomisario del college Harvey Mudd.

Joi Ito, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Glen Urban, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Kristine Dery, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Tod Loofbourrow, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Mariana Mazzucato, SPRU, University of Sussex

Deb Roy,  del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Alex Pentland, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Margaret Levi, de la Universidad de Stanford.

Roger Altman, de Evercore.

Carlota Perez, de LSE.

David Kirkpatrick, de Techonomy Media.

Mustafa Suleyman, de Google DeepMind.

Scott Stern, del Instituto de Tecnología de Massachusetts, Escuela de Negocios Sloan.

Rob Reich, de la Universidad de Stanford.

Ernst Berndt, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

George Roth, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Gary Marcus, de la Universidad de Nueva York.

David Autor, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Vint Cerf, de Google.

Richard Owen, de Satmetrix.

Tom Mitchell, de la Universidad Carnegie Mellon.

Moshe Vardi, de la Universidad de Rice.

  1. Sidney Burrus, de la Universidad de Rice.

David A. Wolfe, de la Universidad de Toronto, IPL.

Roman Yampolskiy, de la Universidad de Louisville.

David Verrill, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Tim Sands, del Tecnológico de Virginia.

Arthur Goldhammer, de la Universidad de Harvard.

Henry Farrell, de la Universidad George Washington.

Tomaso Poggio, del Centro para Cerebros, Mentes y Máquinas, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Francesca Rossi, de la Universidad of Padua.

Andrey Fradkin, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Margaret Boden, de la Universidad de Sussex.

Devin Cook, del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Jerry Kaplan, de la Universidad de Stanford.

Adam Davidson, de la revista NY Times.

 

[1] http://digital.mit.edu/openletter/pprecommendations.html Ver anexo 1. Paquete de recomendaciones en política pública.

[2] http://digital.mit.edu/openletter/researchagenda.html Ver anexo 2. Agenda de investigación para la economía digital.

[3] http://openletteronthedigitaleconomy.org/

Advertisements